El frío modifica la trayectoria de los peces.
Y de los humanos, diría yo. El libro de Pierre Szalowski, cuyo nombra da título a este post, se ha trasladado a vivir a la estantería de mi memoria donde se ubican los libros especiales y favoritos, los que sé que pese a leerlos una y otra vez, siempre serán bien leídos. Bueno, pero creo que esa es una impresión muy personal y subjetiva, quizá por que hacía mucho que no me conectaba con unos personajes o sentía como si estuviera ahí.
La narración de Szalowski es sencilla y sin rebuscamientos. El lenguaje de un niño de once años que bien podría ser cualquiera de los niños de esta época, a pesar de que está ubicada en el Montreal de 1998. Un niño al que sus padres le anuncian, el día de Reyes, (habrá que ver lo crueles que somos los adultos a veces) que van a separarse, confirmando algo que él ya sabía. ¿Qué hace un niño de once años al que los dos adultos más importantes de su vida le presentan una decisión tan trascendente como algo ya hecho, sin considerar su opinión? Alguien diría que son cosas de gente grande, que un niño no entendería las cosas de la pareja. Pero, recordando que todos hemos sido niños alguna vez y que hemos sufrido de esa condescendencia adulta, hay que tener siempre en cuenta que un niño es mucho más inteligente de lo que un adulto podría pensar. Sólo que conforme pasan los años sobre nosotros nos olvidamos que con la mirada fresca y limpia, se puede ver mejor que tras los hábitos, rutinas y manías de la adultez. Así que, ¿qué hace nuestro niño? Pedirle ayuda al Cielo. Pues sí. Esa Fe inconmovible y pura de los niños.
¿Y realmente el cielo ha escuchado? Pues así parece, desatándose una de las peores tormentas de hielo de la historia de su ciudad. Habría que ver cuantos deseos piden los niños e inculcarles que pidan cosas más buenas nada más de ver todos los desastres naturales de estos recientes tiempos.
Bien, pues aquí que tenemos una pareja en víspera de separarse, un par de niños que son mejores amigos por comprender en silencio el uno al otro, vecinos dispares de un bloque de edificios que apenas si se hablan, todos viviendo en rutinas establecidas en circunstancias rutinarias. Es así como la teoría de Boris, el frío que hace alrededor modificará la trayectoria de los humanos, además de las de los peces, provocando que se dejen ver como realmente son. Y quizá porque sea cierto que en situaciones fuera de lo ordinario la naturaleza humana se manifiesta de manera más espontánea, y podemos ver la verdad acerca de quienes somos y quienes son los demás en esos momentos tan fugaces.
Esta novela me hizo acordarme de cosas y aunque no hace mucho frío ahora, me pregunto que pasaría si de verdad nuestra mente se adaptara al pensamiento de que cada día es un milagro y es extraordinario por sí mismo, por que incluso, cada segundo ido, fue diferente e irrepetible y por ello, no vale la pena desperdiciarlo ocultando lo mejor de nosotros a los demás.
Y, afortunadamente en esta historia, antes que paralizarse el corazón por el frío, lo que se paralizó fueron las convenciones diarias y se congeló ese sentido de cotidianidad en que se hunde uno cada día y deja de pensar en lo maravilloso que es estar con quien se está y tener lo que se tiene. Claro, es buscar también ese equilibrio entre vivir una aventura diaria y ser responsable de las consecuencias de cada uno de nuestros pasos y decisiones.
Sin embargo, por lo pronto, pues es una de las novelas más bonitas en su sencillez que he leído en estos días y me trajo lágrimas y risas por igual, por lo que, valga de mucho o poco mi opinión, la recomiendo con cinco estrellitas.
Me pregunto, ¿acaso lo que necesita este mundo es un poco más de frío para que los humanos modifiquen sus trayectorias? Quizá es lo que nos está insinuando la Naturaleza en su sabiduría con todo lo que ha descendido la temperatura en estos días.