Vuelven los días fríos y con ellos el deseo de llevar las cosas un poco más lento, al menos por mi parte. Quizá en mis genes se encuentre algún remanente de mis ancestros homínidos, o tal vez se me haya mezclado un poco de sangre de oso. O de gato. Mientras escucho en el radio un programa local en el que hacen una reseña de los viejos programas de anime, esos que de una forma u otra nos enseñaron a ver los dibujos animados como mininovelas para niños, me acuerdo de esa personita que se fascinaba por conocer las vidas de otros, las historias de otros, pero más aún, pensando que tal vez, algún día, escribiría acerca de personajes tan entrañables como aquellos. No fue así. Mi ansia de escribir se quedó atrás con mi yo sensible y tierno, quizá por que no se puede escribir, o, no se debe escribir de cosas que no se conocen bien. Y reconozco que tengo una carencia en ello. Sin embargo, me encanta leer, aunque últimamente tengo abandonada mi lista de libros. Me he demorado en avanzar en Gatos sin fronteras, de Antonio Burgos, que se pinta como un libro con tintes de diversión, remembranza melancólica y cierto sarcasmo. Coincido con el autor en cuanto a los gatos, es uno de mis temas favoritos. A mi me encantan. Siempre tengo un viejo dicho en la cabeza, "Al que no le gustan los gatos es porque no soporta aquello que no puede conquistar".
Quizá podríamos aprender un poco de los gatos. Son limpios, (con sus excepciones), elegantes, dignos y rara vez se venden por un pedazo de comida, y no es que no acepten que les des un bocado, sino que, de recibirlo, lo hacen como un tributo y no como un soborno. Podría decirse que podríamos aprender de ellos a no vendernos por nada, a mantener nuestra convicción en algo y nuestra integridad individual.
No se puede hablar de un gato sin pensar en su porte de silueta típica o su piel suavecita y tibia o el ronroneo cuando encuentra agrado en nuestra caricia. Me pregunto si podría una criatura ser más sencilla y sin complicaciones. Entrar y salir, ir y venir con total independencia y egoísmo, sin sentirse responsables más que del cuidado de uno mismo, claro, excepto cuando se trata de una gata y sus gatitos, que no les deja hasta que sabe que ya se pueden ir a circular por la vida sin problemas. Y vaya que me he encontrado con casos en que nunca los abandonan. Podría decirse que una mamá gata es un buen ejemplo de madre.
Desde que tengo uso de razón ha habido gatos en mi casa. Algunos entrañables, como Ringo, un gato salvaje que nos trajo papá de un rancho. Ringo dos (en honor del primer Ringo, claro) y Tigre, eran hermanos, (hijos de la incomparable Pitusa), uno amarillo y uno borrado. Mi pequeño Morris, una cruza de angora blanco con ojos azules intensos, el Ringuillo (ya era mucho Ringo tres), que tenía la manía de chuparse los dedos de la pata trasera como un bebé al dormir y en su generosidad y cariño, adoptó a mi perro cuando era cachorrito, acogiéndolo bajo su protección cuando se quedaba solo en casa; y ahora, Negrín (no es que seamos muy originales en los nombres). A veces se quedan años con nosotros, otras, como el primer Ringo, son efímeros pero nos dejan un recuerdo indeleble en la memoria, y ¿por qué no?, en el corazón.
Se puede amar a un gato, pero no es como que un gato lo ame a uno. Excepto por el Ringuillo, (Kechupa, era su apodo por obvias razones), que nos tenía a mis hermanos y a mí una verdadera devoción, no recuerdo que mis otros gatos hayan sido especialmente cariñosos. Claro, juegan contigo (si tienen ganas), se duermen en tus piernas (si tienen ganas), comen lo que tu les das (cuando tienen hambre), y aceptan (más bien, exigen) tus caricias cuando quieren sentirse queridos. Pueden a cambio, ronronear para ti de regocijo, mostrándote sin dobleces su fugaz amistad mientras les demuestras tu cariño, calentarte los pies en una noche de frío, cazar ratones de tu casa sin dejártelos por ahí de ofrenda. En fin, que me imagino que si fueramos gatos, quizá sería una sociedad un poco más egoísta e individualista, pero, tal como lo demuestra Garfield, ya que los gatos difícilmente se adhieren a una causa, pues quizá nos entrometeríamos menos en las vidas de otros y tal vez habría menos malosentendidos.
Ahora, si los gatos han sobrevivido a no sé cuantos miles de años, (desde antes de Egipto hasta hoy), siendo los animales sin sociedad propiamente dicha, ¿qué habría pasado si fueran animales organizados y pensantes? ¿Sería este como el reino de los Thundercats? ¿Sería quizá un paraíso felino? ¿O un infierno donde nadie se preocuparía por nadie? Todos los pleitos se resolverían con una buena trifulca y después tan amigos y compañeros de parrandas nocturnas como antes.
No lo sé. Sólo me pregunto si aquellos a los que nos gustan los gatos, al contrario de aquellos a los que no les gusta lo que no pueden conquistar, ¿es por qué nos gusta ser conquistados por un ser que nunca será enteramente nuestro? Más bien creo que es por que admiramos esa libertad y esa independencia, esa fiereza llena de gracia que sabe que se cuentan con diez garras para pelear contra la vida y un par de colmillos afilados que hincar a la adversidad. Y quizá, por que sabemos que en las correrías nocturnas de un gato puede haber mil vidas humanas vividas que ya quisiéramos nosotros tener, porque en su fosforecente mirada nocturna se encuentra siempre el brillo de la novedad y de lo conocido, de la aventura y del aburrimiento de haberlo visto todo, ese saber misterioso de siglos y de miles de gatos previos, todos únicos e individuales, que comprendieron que, pese a haber aceptado morar en compañía del ser humano jamás vendieron su libertad por un plato de comida, y que así sigan correteando por las ciudades o buscando ratones en el campo, serán siempre gatos, nunca la raza gatuna o el género gato, no mascotas, sino compañeros o tiranos; nunca gregarios, siempre distinguibles, especiales y con un sello que los hace diferentes uno de otro. Como las manchas, o las rayas de cada uno, que nunca serán iguales entre sí.